El demonio de Maxwell

(Me) Reconozco a mi padre en el espejo. No es sólo  en el gesto o en la esquina de las sienes. Ya también en el porte, en el aire y hasta en la forma. Me hago mayor. Le leí decir esto nada menos que a García Márquez, aunque en una obra muy menor. Me hago mayor y aún hay más. No veo mucho distinto entre yo poner en el suelo mi ladrillo de poliespán azul y mi yoga-mat rosado y él arrodillándose en el almohadón, aquél, portátil gris; yo hacer mis círculos sufíes y el rezar el rosario; yo girar el torso y el decir amén…No hay mucho distinto entre su coleccionar cintas inservibles de malas versiones de los clásicos y yo tener, mis vinilos abandonados. Entre su excursionar prematinal  y mi pasear muy mañanero. Entre sus palabros inventados y los míos reconstruidos. Entre sus recuerdos silenciados y mis fantaseos abrumados. Entre sus juegos de parecidos razonables y los míos de  sacarle mote a todo prójimo fugaz y aun viceversa. Entre sus croquetas de la tía Filomena y mis naranjas rellenas de la tía Maruja. Entre su “txakurtxu-perrikio-carlín”, sus “apurras” y “pimpilimpausas”  y  también los míos.

Y con todo ello, no me siento copia ni variación armónica  ni contrapunto. Más bien, reconozco: Humanidad en lo humano, unidad en lo diverso y un poco de eterno retorno en el devenir del tiempo. Y conforme voy entendiendo menos voy sintiendo más, justo ahora que me falla de cerca la vista y de lejos, el oído; que la piel se me endurece y se me ablandan, mucho más afectos, el paladar y el olfato.

Justo ahora siento más, justo con menos sentidos.

Justo  que ahora siento más, justo es con menos sentido.

Subidos en el seiscientos antes de la acelerarse la entropía

Es verdad, todo verdad, pero no toda la verdad. Hay, por supuesto, más.

(Me) llego, como siempre, complejamente discordante conmigo mismo. Válgame Dios, qué galimatías; pero es cierto. Con los sentimientos hechos teatro de mil batallas. Quiero sentir cerca a una madre que ya no me tiene, que quizá ni se tiene ya, mas que entre sueños difusos que se le escapan. Y no la tengo, o sí, o yo qué sé. Y no la siento, o sí, o yo qué sé. Y no la veo, o sí o yo qué sé. Ir, sí voy. Verla, sí la veo. Sentirla ser, no sé. No es ella, o sí, o qué se yo.

Por mucha humanidad que la razón conserve, no puede explicarse qué queda cuando su rostro, su mirada, su oído o su conciencia, parecen esquivar cualquier diálogo.

Toda la vida es sueño y los sueños, sueños son. Y ¿qué es mi madre, ahora, mas que un sueño? Un sueño de dormir, que no de anhelo. Un anhelo de huida hacia el no ser. (Qué sé yo)

No entiendo la alteridad tan amarilla, no entiendo tanta soledad, tan esquiva, no entiendo no ser para seguir siendo. No entiendo ser para no ser, al fin.

Déjame en paz, amor (tirano) por la vida. Déjame en paz, vida (absurda) por amor.

Qué duro va siendo cumplir años: de más ya de cincuenta, veinticinco a un lado, al otro más. Y detrás, por delante: cada vez menos.

 

 

 



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